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martes, 11 de octubre de 2011

Escena III El Conde, Don Diego (Textos literarios II)

Lee el siguiente fragmento y responde las preguntas 57, 58, 59 y 60 de tu guía interactiva


(...)

El Conde:
Finalmente sois vos quien ha conseguido triunfar y la gracia del rey os eleva a un rango que sólo me pertenecía a mí; os concede el honor de ser yo del príncipe de Castilla.

Don Diego:
Esta gracia que otorga a mi familia demuestra a todos los que es justo y manifiesta que sabe remunerar los servicios prestados anteriormente.

El Conde:
Por grandes que sean los reyes, son iguales que nosotros; pueden cometer errores como los demás, y esta elección confirma a los cortesanos que no sabe recompensar bien los servicios presentes.

Don Diego:
Dejemos de hablar de una elección que no es de vuestro agrado: el favor ha podido decidirle tanto mérito, pero al poder absoluto se le debe el respeto de no criticar ningún deseo del monarca. Concededme otro honor que añadiré, que él me ha proporcionado: unamos con un sagrado lazo mi casa y la vuestra. Vos sólo tenéis una hija y yo un hijo: su himeneo puede hacernos amigos para siempre. Otorgadnos esta gracia y aceptadle por yerno.

El Conde:
Un hijo agraciado debe pretender partidos más ventajosos. La magnificencia de vuestro nuevo cargo debe llenar su corazón de presunción. Ejercedlo señor, y gobernad al príncipe: enseñadle de que modo conveniente regir una provincia, someter a sus súbditos bajo la ley, llenar de amor a los leales y de miedo a los perversos. Añadid a sus virtudes la de un perfecto capitán: enseñadle el modo de endurecerse en los trabajos, hacerse sin igual en el oficio de Marte, pasar jornadas de enteresa a caballo, vencer a cualquier ejército, tomar una fortaleza y no deber más que así mismo la victoria en el combate. Instruidle con vuestro ejemplo y hacedle extraordinario, poniendo a la realidad como testimonio de vuestras enseñanzas.

Don Diego:
Para instruirse en el ejemplo, a pesar de las envidias, no necesitará más que leer en la historia de mi vida. Ahí encontrará innumerables hazañas y aprenderá el modo más conveniente de rendir pueblos y de alcanzar, por medio de grandes proezas, la fama.

El Conde:
Los ejemplos vivientes poseen mayor eficacia; mal aprende un príncipe su deber en los libros. Y, además ¿qué es lo que han hecho tantos años que no pueda ser igualado por una de mis hazañas? Si vos fuistes valeroso antes, yo lo soy actualmente. Granada y Aragón temen cuando brilla este acero; mi nombre basta para dominar a Castilla entera: si yo faltara, pronto serías sojuzgados por otras leyes y tendríais por reyes a vustros propios adversarios. Cada día, cada momento, para realizar mi fama, añaden a los laureles, triunfos a los triunfos. A mi lado el príncipe probaría su valor en las batallas al amparo de mi brazo y aprendería a vencer siguiendo mi ejemplo: y para desempeñar perfectamente y con mayor rapidez esta misíón, vería...

Don Diego:
Tengo conocimiento de ello, vos sois un fiel servidor del rey; os he visto luchar y mandar bajo mis órdenes. Cuando la edad ha venido a mermar mis fuerzas, vuestra bravura ha sabido reemplazarme; en fin, para dejar vanos discursos, vos sois actualmente lo que antes fui yo. No obstante, en tal concurrencia habréis podido observar que el monarca ha hecho alguna distinción entre los dos.

El Conde:
Vos habéis conseguido lo que me correspondía a mí.

Don Diego:
Bien supo merecerlo quien os lo arrebató.

El Conde:
Quien puede realizarlo con más eficiencia es el más digno.

Don Diego:
No es buena señal el no haber sido designado.

El Conde:
Por industria lo conseguisteis vos, ya que sois viejo cortesano.

Don Diego:
Mi único partidario ha sido el lustre de mis proezas.

El Conde:
Mejor digamos que el monarca ha hecho honor a vuestra avanzada edad.

Don Diego:
Cuando el monarca obra de este modo es que la cuenta por el valor.

El Conde:
Si fuera así, ese honor sólo me pertenecería a mí.

Don Diego:
Quien no ha odido conseguirlo es que no era digno de poseerlo.

El Conde:
¿No era digno? ¿quién? ¿yo?

Don Diego:
Vos.

El Conde:
Tu atrevimiento, viejo desvergonzado, merece su pago. (Le abofetea)

Don Diego:
(Sacando la espada) Termina y prívame de la vida después de tal insulto, el primer por el que linaje ha quedado deshonrado.

El Conde:
¿Qué pretendes realizar con tus débiles fuerzas?

Don Diego:
¡Oh, Dios, mis ya escasas fuerzas me abandonan en este momento!

El Conde:
Tu espada me corresponda. (El Conde, blandiendo su espada, derriba la de Don Diego). Más te enorgullecerías de que tan deshonroso trofeo hubiera caído en mi poder. Adiós. Haz leer al príncipe, a pesar de la envidia y para su aleccionamiento, la historia de tu vida; este merecido castigo a unas atrevidas palabras complacerá.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Un árbol de noche

Las preguntas 41 a 45 de nuestra guía de Textos Literarios II, se basan en la siguiente lectura de Truman Capote.

Un árbol de noche
Truman Capote          

Era invierno. Una hilera de bombillas desnudas, desprovistas del menor asomo de tibieza, iluminaba el pequeño andén azotado por el viento. Había llovido esa tarde, y en el edificio de la estación los carámbanos colgaban del alero como los malignos dientes de algún monstruo de cristal. El andén estaba desierto a excepción de una muchacha, joven y más bien alta, que llevaba un traje de franela gris, un impermeable y una bufanda de cuadros escoceses. Su pelo, primorosamente peinado con raya en medio, era de un brillante color castaño. Aunque tenía el rostro tirando a enjuto, resultaba atractiva, pero no demasiado. Entre sus cosas, además de un surtido de revistas y un bolso de ante gris con unas complicadas letras de bronce que deletreaban «Kay», destacaba notablemente una guitarra acústica de color verde.
El tren emergió de la oscuridad, arrojando vapor deslumbrante de luz, y se detuvo en el andén. Kay reunió su parafernalia y subió al último vagón.
El vagón era una reliquia: gastados interiores, viejos sillones de felpa roja muy raídos, y unas descortezadas molduras color yodo. La antigua lámpara de cobre que colgaba del techo parecía fuera de lugar y le daba un toque romántico. En el aire flotaba un humo totalmente lóbrego, y la calefacción acentuaba el olor rancio a bocadillos abandonados, corazones de manzana y mondaduras de naranja. La basura – tazas de cartón, botellas y refrescos, periódicos arrugados – se amontonaba en el largo pasillo. De un garrafón de agua adosado a la pared goteaba al suelo sin parar un chorro delgado. Los pasajeros, que miraron aburridamente a Kay cuando llegó, no parecían conscientes de la menor incomodidad.
Resistió la tentación de taparse la nariz y caminó con cuidado por el pasillo, tropezando una vez –sin mayores consecuencias -- con la pierna extendida de un gordo. A su paso dos hombres insulsos se volvieron con interés y un niño se subió de pie al asiento gritando «¡Mamá, mira que banjo!, ¡oiga, señora, déjeme tocar el banjo!», hasta que su madre lo hizo callar de una bofetada.
Sólo había una plaza desocupada. Estaba al final del vagón, en un compartimiento aislado. Un hombre y una mujer tenían los pies perezosamente apoyados en el asiento libre. Kay dudó un segundo, luego dijo:
– ¿Les importa que me siente?
La mujer alzó el rostro como si en vez de hacerle una simple pregunta le hubieran pinchado con un alfiler. Sin embargo, logró esbozar una sonrisa. 
–Por mí, que no se diga –, dijo, retirando los pies. Con un curioso desapego retiró los del hombre, que estaba mirando por la ventana sin prestar la menor atención.
Dio las gracias a la mujer, se quitó el abrigo y se aposentó (el bolso y la guitarra a su lado, las revistas en su regazo): estaba bastante cómoda, aunque hubiera preferido tener un cojín en la espalda.
El tren se movió; un fantasma de vapor acarició la ventana; poco a poco se disolvieron las empañadas luces de la estación desierta que se perdía a lo lejos.
–Caray, qué agujero –dijo la mujer–, no hay pueblo ni hay nada.
–El pueblo está a unos kilómetros –dijo Kay.
–¿Sí? ¿Vives ahí?
No. Explicó que había ido al funeral de un tío suyo. Un tío cuyo testamento –aunque no lo dijo, por supuesto– sólo le dejaba la guitarra verde. ¿Adónde iba? Oh, de regreso a la universidad.
Después de rumiar el asunto, la mujer concluyó:
–¿Qué vas a aprender en un sitio como ése? Déjame que te diga, querida; yo soy la mar de culta y nunca he pisado la universidad.
–¿No? –murmuró cortésmente Kay, y luego cortó el tema abriendo una de sus revistas. Había una luz débil para leer y ningún artículo interesante, pero como no quería verse metida en una conversación maratoniana siguió hojeándola estúpidamente hasta que sintió un furtivo golpecito en la rodilla.
–No leas–dijo la mujer–. Necesito hablar con alguien. No tiene nada de divertido hablar con él. –Agitó un pulgar en dirección al hombre–. Está impedido, el pobre: sordo y mudo, ¿entiendes?
Kay cerró la revista y miró a la mujer en realidad por primera vez. Era pequeña, sus pies apenas llegaban al suelo. Como muchas personas de baja estatura, tenía una constitución deforme; en su caso la cabeza era demasiado grande, realmente inmensa. El colorete le alegraba tanto el rostro fofo y carnoso que era difícil calcular su edad: tal vez cincuenta, o cincuenta y cinco. Los grandes ojos bovinos miraban de soslayo como si desconfiaran de lo que estaban viendo. Se notaba mucho que llevaba el pelo teñido de rojo, y lo tenía rizado en gruesos tirabuzones quemados.  Un sombrero azul claro, que alguna vez debió de ser elegante, le colgaba absurdamente a un lado de la cabeza (y ella se empeñaba en colocar en su sitio un racimo de cerezas de celuloide cosidas al ala, que insistía en desplomarse). Llevaba un sencillo vestido azul, más o menos harapiento. Algo despedía un penetrante olor dulzón a ginebra: era su aliento.
–¿Quieres hablar conmigo, verdad, querida?
–Claro –dijo Kay, no demasiado divertida.
–Claro que sí. A que sí. Es lo que me gusta de los trenes. Los que viajan en autobús son un montón de idiotas con la boca cerrada, pero en el tren se ponen las cartas sobre la mesa, siempre lo he dicho. –Tenía una voz alegre, sonora, ronca como la de un hombre–. Pero por él siempre procuro que nos den estos asientos; es más íntimo, un compartimiento estupendo, ¿no?
–Es muy agradable –convino Kay–. Gracias por dejarme ir con ustedes.
–Con mucho gusto. No abunda la compañía; hay gente que se pone nerviosa de estar con él.
El hombre hizo un sonido extraño, áspero, en lo más profundo de su garganta, como si quisiera refutarla, y le tiró de la manta.
–Déjame en paz, corazón–dijo ella, como si hablara con un niño malcriado–. Estoy bien, sólo estamos charlando un poco. Pórtate bien o esta chica guapa se irá; es rica, va a la universidad. –Y guiñando un ojo añadió–: Cree que estoy borracha.
El hombre se hundió en el asiento, se volvió hacia Kay y la miró  con todo detenimiento por el rabillo del ojo. Aquellos ojos –un par de borrosas canicas azules– tenían las pestañas gruesas y eran extremadamente bellos. Sin embargo, el rostro lampiño carecía de otra expresión que una cierta lejanía; se diría que era incapaz de experimentar o reflejar la más mínima emoción. Tenía el pelo gris muy corto y peinado hacia adelante en mechones desiguales. Llevaba un raído traje de sarga azul, un reloj de Mickey Mouse en la muñeca y se había untado de una loción barata e infame. Parecía un niño que hubiera envejecido de repente por algún procedimiento misterioso.
–Cree que estoy borracha–repitió la mujer–, y lo más chistoso es que lo estoy. Pues a ver, algo tiene que hacer una, ¿verdad? –se inclinó hacia ella–, ¿verdad?  
Kay seguía embobada con el hombre; le molestaba la forma en que la miraba, pero no podía apartar sus ojos de él.
–Supongo que sí– dijo.
–Entonces vamos a tomar un trago –sugirió la mujer.
Introdujo su mano en un bolso de hule y sacó una botella de ginebra medio llena. Empezó a quitar el tapón, pero pareció pensarlo mejor y le dio la botella a Kay.
–Caray, me olvidaba que tengo compañía –dijo–, voy a por unos vasos de papel.
Antes de que Kay pudiera protestar y decir que no quería beber, la mujer ya iba (con pasos no muy seguros) rumbo al garrafón de agua.
Kay bostezó y apoyó la frente en la ventana, rasgueando ociosamente la guitarra con sus dedos: las cuerdas cantaron una sorda melodía arrulladora, de una monotonía tan sedante como el paisaje sureño que se deslizaba por la ventana, tiznado de oscuridad; en el cielo, una helada luna de invierno despuntaba sobre el tren como un leve aro blanco.
Luego, de improviso, sucedió algo extraño: el hombre se estiró y le acarició la mejilla con suavidad. A pesar de la sobrecogedora delicadeza del gesto, éste fue algo tan atrevido que ella no supo cómo reaccionar: sus pensamientos se dispararon en tres o cuatro direcciones inverosímiles. El hombre se inclinó hasta que sus extraños ojos estuvieron muy cerca de los suyos; el tufo de su loción era insoportable. De repente, algún resorte de compasión se activó en ella y sintió una profunda lástima, pero también una repulsión incontenible, un odio absoluto: había algo en él, una cualidad esquiva que no sabía definir, algo que le recordaba… ¿qué?
Después, el hombre retiró su mano con solemnidad y la dejó caer en el asiento; una mueca estúpida transfiguró su cara, como si hubiera hecho una hábil acrobacia y mereciera un aplauso.
–¡Adelante, en marcha, mis vaqueros! –La mujer se sentó y proclamó a voz en cuello que estaba mareada como una bruja, totalmente rendida. ¡Uffff! Tomó dos vasos del puñado que había traído y se metió los restantes en el escote –: Hay que mantenerlos en lugar seco y seguro, ja ja ja… –Sufrió un acceso de tos; cuando terminó  de toser parecía más calmada–: ¿Le ha hecho compañía mi novio?  –preguntó tocándose el busto con orgullo–. Es tan cariñoso. –Parecía a punto de desmayarse, y Kay lo hubiera preferido.
–No quiero beber –dijo Kay, rechazando la botella–. No bebo, no me gusta el sabor.
–No seas aguafiestas – dijo con firmeza la mujer–. Toma, sostén el vaso como una buena chica.
–No, por favor…
–Que lo sostengas fuerte, pordiosanto. ¡Habráse visto, tener nervios a tu edad! Yo sí que tiemblo como una hoja, y tengo mis razones, ¡ay, Dios, vaya si las tengo!
–Pero…
Una peligrosa sonrisa crispó el rostro de la mujer.
–¿Qué pasa? ¿Es que no tengo suficiente categoría para beber contigo?
–Por favor, no me interpretes mal –dijo Kay con voz trémula –. Es que no me gusta que me obliguen a hacer algo que no quiero. Puedo darle esto al caballero, ¿eh?
–¿A él? No, señor: necesita el poco cerebro que tiene. Vamos, querida, de un trago y adentro.
Viendo que no había salida, Kay se rindió para evitar una escena. Tomó un sorbo y se estremeció. Era una ginebra terrible; le quemó la garganta hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas, y en un momento en que la mujer no estaba mirando vació el vaso por el aro de la guitarra. El hombre la vio. Kay se dio cuenta y le hizo señas inquietas con los ojos, suplicándole que no la delatara. Su expresión ausente no reveló si le había entendido.
–¿De dónde eres?  –La mujer reanudó la conversación.   
Siguieron unos segundos de perplejidad en que fue incapaz de ofrecer una respuesta; los nombres de varias ciudades se precipitaron en su mente hasta que logró extraer uno de la confusión :
–Nueva Orleans. Soy de Nueva Orleans.
La mujer rebosaba de alegría:
–¡Ahí es donde quisiera ir yo cuando me corte la coleta! Una vez, bueno, sería 1923,  puse un bonito local en Nueva Orleans. De adivina. A ver, era en la calle de San Pedro. –Hizo una pausa, se agachó y colocó la ginebra en el suelo; la botella rodó hasta el pasillo y se meció de acá para allá con un sonido ahogado–. Yo me crié en Texas, en un rancho enorme. Mi padre era rico. Nosotros siempre tuvimos lo mejor, hasta ropa de París, Francia. A que tú también tienes una casa bárbara. ¿Tienes jardín? ¿Con flores?
–Sólo lilas.
En eso entró un revisor en el vagón, y al abrir la puerta una fría bocanada de viento agitó la basura del pasillo y por unos segundos aligeró el aire viciado; avanzaba pesadamente, deteniéndose a picar un billete o a conversar con un pasajero. Era medianoche pasada. Alguien tocaba muy bien la ármonica; otro discutía sobre las virtudes de cierto político; un niño gritó en sueños.
–No tendrías tantos remilgos si supieras quiénes somos –dijo la mujer, sacudiendo su enorme cabeza–. Nosotros somos «alguien», vaya que sí.
Kay abrió nerviosamente un paquete de cigarrillos y encendió uno. Se sentía avergonzada y se preguntó si uno habría un asiento libre en el vagón delantero; ya no podía soportar a la mujer ni al hombre un minuto más. Sin embargo, nunca había estado en una situación siquiera remotamente parecida.
–Discúlpeme –dijo–, tengo que irme. Ha sido muy agradable, pero le prometí a una amiga que nos encontraríamos en el tren…
La mujer agarró a la muchacha de la muñeca a una velocidad casi invisible. 
–¿Es que tu madre nunca te ha dicho que mentir es pecado? –murmuró con entonación teatral. El sombrero azul claro se le cayó de la cabeza, pero no hizo ningún intento por recogerlo. Sacó la lengua y se mojó los labios. Kay se puso de pie y ella aumentó su presión.
–Siéntate, querida… no hay tal amiga… Tus únicos amigos somos nosotros, y por nada del mundo permitiríamos que nos dejaras.
–De verdad, yo no les mentiría.
–Siéntate, querida.
Kay dejó caer el cigarrillo y el hombre lo recogió. Se acurrucó en el rincón y se quedó absorto, expulsando una cadena de espesos anillos de humo que ascendieron como ojos huecos y se ensancharon hasta disiparse.
–¿No querrás ofenderlo abandonándonos ahora? –canturreó la mujer suavemente–. Siéntante. Eso, como una niña buena. Vaya, qué guitarra tan, pero que tan bonita…–Su voz se desvaneció ante el estruendo de un segundo tren. Por un instante se apagaron las luces del vagón; en la oscuridad las ventanas doradas del tren que pasaba parpadearon  negro - amarillo - negro - amarillo - negro - amarillo. El cigarrillo del hombre latió como el brillo de una luciérnaga, y sus anillos de humo siguieron ascendiendo calmosamente. .  Fuera, una campana repicó con violencia.
Cuando volvió la luz, Kay se masajeaba la muñeca donde los recios dedos de la mujer le habían dejado una dolorosa marca, como un brazalete. Estaba más sorprendida que enojada. Decidió preguntar al revisor si podía conseguirle otro asiento, pero cuando llegó para pedirle el billete, farfulló una incoherente petición.
–¿Dígame?
–Nada– dijo.
Y él se fue.
Los tres se miraron en misterioso silencio hasta que la mujer dijo:
–Te voy a enseñar una cosa, querida. –Una vez más hurgó en su bolso de hule–. Te olvidarás de tanto remilgo cuando le eches un ojo a esto.
Le tendió un papel tan amarillento y viejo que parecía tener siglos de antigüedad. En letras frágiles, excesivamente vistosas, decía:

(Fragmento tomado de http://www.librosgratis.4avi.com/ )

viernes, 16 de septiembre de 2011

PAPÁ GORIOT (fragmento)

Lee el siguiente fragmento de "PAPÁ GORIOT" de Honorè de Balzac y responde las preguntas 30, 31 y 32 de nuestra guía 4 de Textos Literarios II.

"... El estudiante llamó recio a la puerta de Papá Goriot.
-- Vecino -- díjole -, he visto a madame Delfina.
-¿Dónde?
- En los Italianos.
-¿Y se divertía mucho? Pase adentro.
Y el buen hombre, que saltara de la cama en camisa, abrió su puerta y volvió a meterse en el lecho a toda prisa.
--Hábleme de ella -rogó.          
Eugenio, que era la primera vez que ponía los pies en el cuarto de Papá Goriot, no pudo dominar un gesto de estupefacción al ver el tabuco en que vivía el padre, después de haber admirado la toilette de la hija. La ventana no tenía visillos; el papel de las paredes se desprendía en muchos sitios por efecto de la humedad y se abarquillaba, dejando ver el yeso amarillento por el humo. Yacía el buen hombre sobre un mal camastro, sin más ropa que un delgado cobertor y unos cubrepiés enguantados, hecho con retazos sanos de los vestidos viejos de madame Vauquer. El piso era húmedo y estaba lleno de polvo. Frente a la ventana veíase una de esas viejas cómodas de palo de rosa y panza abombada que lucen tiradores de cobre retorcido a modo de sarmientos, adornados con hojas o flores; un viejo mueble con tapa de madera sobre el que había un jarro en su jofaina y todos los utensilios necesarios para afeitarse. En un rincón, los zapatos; a la cabecera de la cama, una mesilla de noche, sin puerta ni tapa de mármol; en el pico de la chimenea, que no mostraba indicios de fuego, estaba la mesa cuadrada de nogal, cuya barra sirviérale a Papá Goriot para desfigurar su fuente de plata sobredorada. Un pésimo secreter sobre el que se veía el sombrero del buen hombre, un desfondado sillón de paja y dos sillas completaban aquel mísero moblaje. El dosel de la cama, sujeto al techo por un guiñapo, sostenía una pésima tira de tela a cuadros rojos y blancos. De fijo que el más pobre recadero no estaría peor acondicionado en su desván que Papá Goriot en casa de madame Vauquer. La vista de aquel cuartucho daba frío, le encogía a uno el corazón, pues semejaba la más triste mazmorra de una cárcel. Mortunadamente no notó Papá Goriot la expresión que dibuj6se en el rostro de Eugenio al poner su vela en la mesilla de noche. Volvióse a él el buen hombre, con el embozo hasta la barbilla.
-¿Y qué tal? ¿Cuál le gusta a usted más, madame de Restaud o madame de Nucingen?
- Prefiero a madame Delfina - respondió el estudiante -, porque es la que más lo quiere a usted.
Ante esas palabras, dichas con calor, sacó el buen hombre un brazo de la cama y apretóle a Eugenio la mano.
-Gracias, gracias -respondió el viejo, emocionado-. Pero ¿qué fue lo que le dijo de mí?
Repitió el estudiante, embelleciéndolas, las palabras de la baronesa y el viejo escuchólo cual si hubiese oído la palabra de Dios.
- ¡Hija querida! Si..., sí...; me quiere mucho. Pero no crea usted eso que le he dicho de Anastasia. Las dos hermanas se tienen envidia, ¿entiende usted?, lo cual es una prueba más de lo que me quieren. También madame de Restaud me quiere mucho. Me consta. Un padre es para sus hijos como Dios para nosotros, cala hasta el fondo de las almas y juzga las intenciones. Las dos son iguales de cariñosas. ¡Oh! Si yo hubiese tenido buenos yernos, habría sido demasiado dichoso. Y, por lo visto, en este mundo no hay dicha completa. Si yo hubiese vivido con ellas, con sólo oír sus voces, saber que estaban allí, verlas entrar y salir como cuando las tenía conmigo, brincárame el corazón de alegría. Y dígame: ¿iban bien puestas?
-Sí -dijo Eugenio-. Pero, monsieur Goriot, ¿cómo teniendo unas hijas tan bien casadas como las suyas, puede vivir en este mechinal?
-Pero, a fe mía -respondió él, con aire aparentemente despreocupado-, ¿para qué querría estar mejor? Trabajo me cuesta explicárselo a usted; no decir dos palabras seguidas como es debido. Todo está aquí -añadió, golpeándose el corazón--. Mi vida, la mía, está en mis dos hijas. Si se divierten, si son felices, si van bien vestidas y pisan alfombras, ¿qué importa cómo sea la tela de mi traje ni el petate en que duerma? Yo no tengo frío estando ellas calientes, ni me aburro jamás cuando ellas ríen. Mis penas son las suyas. Cuando sea usted padre, cuando se diga a sí mismo, al oír los trinos de sus nenes: "¡Eso ha salido de mi!", entonces sentirá usted que cada una de esas criaturas está unida a cada gota de sangre, de la que son la crema, porque es eso. Se creerá usted prendido a su piel y que, al andar ellos, se mueve usted también. Por todas partes me responde su voz. Una mirada suya, si es triste, me hiela la sangre. Un día sabrá usted que es uno más feliz con la felicidad de los hijos que con la suya propia. No puedo explicárselo; son impulsos íntimos que difunden bienestar por doquiera. En una palabra: que yo vivo tres veces. ¿Quiere usted que le diga una cosa curiosa? Pues bien: cuando fui padre, comprendí a Dios. Está todo Él en todas partes, ya que de Él salió la creación. Así soy yo para mis hijas, monsieur. Sólo que yo amo más a mis hijas que Dios al mundo, porque el mundo no es tan bello como Dios y mis hijas son más bellas que yo. Tan metidas en el alma las llevo, que yo tema la idea de que usted las vería esta noche. ¡Dios mío! Un hombre que hiciese feliz a mi Delfinita, como lo es una mujer cuando la aman de veras... ¡Oh, yo sería capaz de darle brillo a sus botas y hacerle sus recados! Por su doncella supe que ese señoritingo de De Marsay es un mal bicho. Y me entraron ganas de retorcerle el pescuezo. ¡No querer a una alhaja de mujer, con una voz de ruiseñor y bien formada como un modelo! ¿Dónde tendría los ojos cuando se casó con ese zoquete de alsaciano? A las dos les hacían falta unos jóvenes guapos y simpáticos. Pero, en fin, ése fue su gusto.
Papá Goriot estaba sublime. Nunca había podido Eugenio verlo iluminado por los destellos de su paternal pasión. Cosa digna de notarse es el poder de infusión que poseen los sentimientos. Por más ordinaria que una criatura sea, en cuanto expresa un afecto fuerte y sincero, exhala un fluido particular que modifica la fisonomía, anima el gesto e imprime colorido a la voz. El ser más estúpido suele llegar, bajo el influjo de la pasión, a la más alta elocuencia en la idea, si no en el lenguaje, y parece moverse en una esfera luminosa. Tenía en aquel momento la voz y el gesto de aquel hombre ese poder comunicativo que delata al gran actor. Pero ¿qué son nuestros bellos sentimientos sino las poesías de la voluntad?..."

Honoré de Balzac.
Tomado de :Papá Goriot

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA ESFINGE

Lee el siguiente fragmento de "LA ESFINGE" de Edgar Allan Poe y responde las siguientes 8 preguntas, de la 21 a la 28.

La Esfinge
Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson.
Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la música y los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía hablar, ni pensar, ni soñar en nada.
Mi huésped era de temperamento menos excitable y, aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba por confortar el mío. En ningún momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.
Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho.
Había estado leyendo estos libros sin que él lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.

Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta espontaneidad —es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.
El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a comunicar la circunstancia a mi amigo.
Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin
embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo fue para mí.
Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común. Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de ella, se extendía una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, aparentemente de puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra.
De él salían dos pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o doce pies de diámetro.
Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.
Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que había visto y oído; y apenas puedo explicar qué sentimiento de repugnancia me lo impidió.

Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me impulsaron a referirle el fenómeno.
Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese ninguna duda.
En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un grito de absoluto terror, dirigí su atención.
Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le señalé con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la desnuda ladera de la colina.
Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura.Me eché violentamente hacia atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la aparición ya no era visible.

Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal fuente de error de todas las investigaciones humanas se encontraba en el riesgo que corría la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo errado de su cercanía.

—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal difusión puede posiblemente realizarse no dejaría de constituir un punto digno de ser tenido en cuenta. Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno, haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?
Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.

—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción del monstruo quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar, permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas y palpos vellosos; las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la insignia de muerte que lleva en el corselete.»

Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».

—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia, aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.
Edgar Allan Poe

FAUSTO

Lee el siguiente fragmento de "FAUSTO" y responde las preguntas 17, 18 y 19.

FAUSTO

No; no me igualo a los dioses. Harto lo comprendo. Me
asemejo al gusano que escarba el polvo, y mientras busca allí
el sustento de su vida, le aniquila y sepulta el pie del
caminante.
¿No es polvo también todo cuanto llena estos cien
estantes de los altos muros que me oprimen, y ese fárrago,
que con mil fruslerías y bagatelas me ciñe en este mundo de
carcoma y polilla? ¿Y es aquí dónde he de encontrar lo que
me falta? ¿Tengo acaso necesidad de leer en estos mil
libracos que en todas partes se atormentaron los hombres, y
que sólo aquí y allí ha habido uno que fuera dichoso?
Y tú, vacía calavera, ¿por qué me miras riendo con sorna,
cual si me dijeras que tu cerebro, desconcertado en otro
tiempo como el mío, buscó la serena luz del día, y sendiento
de verdad, erró lastimosa-mente en el triste crepúsculo?
Vosotros, instrumentos, sin duda hacéis mofa de mí con
esas ruedas y esos dientes, cilindros y arcos. Yo estaba frente
a la puerta; vosotros debías ser las llaves, y con todo y tener
vuestras guardas bien rizadas, no movéis el pestillo.
Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de
su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo
arrancarás a fuerza de palancas y tornillos. Tú, ve-tusto ajuar
que nunca utilicé, ahí te estás sólo porque mi padre se sirvió
de ti. Y tú, vieja polea, ¡cómo te has ennegrecido desde que la
triste lámpara ha humeado sobre este pupitre! Mucho mejor
hubiera obrado yo disipando lo poco que poseo, que estarme
aquí sudando agobiado por el peso de tal escasez.
(Fragmento)
Johan Wolfgang Goethe

"LA REPARTICIÓN DE LA TIERRA" (fragmento)

Lee el siguiente texto y responde las preguntas 14, 15 y 16 de la guía de Textos Literarios II


La repartición de la Tierra

"Tomad el mundo", Júpiter clemente
desde la altura a los mortales dijo.
"Yo os lo doy en feudo eterno,
mas cual buenos hermanos repartidlo".
Quien poseyó después se hizo un derecho
de los demás derechos exclusivos;
el caballero prefirio la caza,
el labrador del campo, los esquilmos,
el mercader llenó sus almacenes,
cogió el abad el más precioso vino,
el rey cerro los puentes y las sendas
orgulloso exclamando: "el diezmo es mío"

Friedrich Von Schiller
(fragmento)

El gusano de seda y la araña

Con la siguiente fábula, responde las preguntas 14, 15 y 16

Trabajando un gusano su capullo,
la araña, que tejía a toda prisa,
de esta suerte le habló con falsa risa,
muy propia de su orgullo:
"¡Qué dice de mi tela el señor gusano?
Esta mañana la empecé temprano,
y estará acabada al mediodía.
¡mire qué sutil es, mire qué bella!...
El gusano con sorna respondía:
"Usted tiene razón, así sale ella."

Moraleja:

Se ha de considerar la calidad de la obra, y no el tiempo que se ha tardado en hacerla

Fábula de D. Tomás de Iriarte
De la Edición Facsímil de la Editorial MAXTOR
Tomado de
http://www.zyberchema.net/Fabulas/fab02.html